Cuando la Pascua llegó en primavera

Cuando la Pascua llegó en primavera
Foto de Johny Goerend / Unsplash

Es más fácil seguir el camino de otro que seguir el tuyo, pensó, mientras se acomodaba la mochila. Durante tanto tiempo había trabajado para otros. Durante tanto tiempo había dependido de la opinión de otros. Otros que lo certificaban sin conocerlo. Otros que le decían lo que debía hacer sin saberlo. Otros que decidían lo que debía comer y beber sin importar su salud. Otros que decidían lo que debía vestir. Recordó aquella escena, de la película de Zeffirelli, en la que Francisco de Asís le devuelve a su padre la ropa que le había dado y se marcha por su camino, desnudo. Con la mochila en su espalda se sintió desnudo y feliz.

Cuando uno está frustrado, molesto, irritado, es fácil abandonar, irse, marcharse, dejar atrás. Pero no es suficiente para andar tu camino. Es más, suele ocurrir que el que se marchó en tales condiciones "vuelve arrepentido, con el rabo entre las patas" o da inicio a nuevas dependencias y termina nuevamente en el camino de otro.

Eso pensaba mientras caminaba por aquel camino rural. Solo. Con ganas de volver. Sin embargo, algo lo impulsaba a seguir. ¿Cómo encontraré mi camino si no aprendo a caminar solo? Se preguntó y comenzó a caminar con más brío. El Google Maps en su celular decía que estaba cerca de un pueblito desconocido llamado Pueblo Nuevo. Esa era una zona de cultivo de uvas. Los viñedos parecían interminables, uno tras otro, separados por cercas de piedras o de alambre. El valle era amplio, con suaves lomas y colinas. Una acequia con poca agua alegraba el camino con su murmullo y burbujeo.

Hay un vacío extraño cuando uno deja el camino de otros. Hay una cierta incomodidad al estar solo, un no saber qué hacer exactamente. Y luego se dijo: debe ser la extraña sensación de ser libre. Siguió caminando con más brío porque ahora ya tenía claro su objetivo: llegar al pueblito desconocido, buscar un lugar para almorzar y tal vez, si hallaba albergue, quedarse a pasar la noche, recargar su celular y definir la ruta del día siguiente. Eso lo animó. No era rico, pero tenía fondos suficientes para algunos meses. Después de todo, estaba solo. Había emigrado hacía un año al terminar una relación sentimental. Había trabajado todo ese año, gracias a la ayuda de un amigo de la infancia, pero el estar lejos de su familia y de su mundo conocido hacía que fuera más seguido e intenso que se preguntara por el sentido de su vida y de lo que estaba haciendo.

Justo a los once meses de estar trabajando en aquel empleo que le consiguiera su amigo, se despertó un viernes y decidió renunciar. Habló esa misma mañana con el dueño del negocio y quedaron que le daría 30 días para conseguir su reemplazo. Felizmente, su buen desempeño y dedicación le había granjeado el aprecio de su patrón, quien se lamentó de su decisión pero reconociendo que no le pagaba gran sueldo. Llegado el final del doceavo mes su sorpresa fue recibir doble sueldo y el afectuoso abrazo de despedida de su jefe.

Las pocas cosas que tenía las metió en tres cajas de cartón y las dejó en casa de su amigo. Metió en su mochila lo necesario para una semana de viaje, dejó la habitación que alquilaba y tomó el bus que lo dejó al pie de un camino rural. Todo eso lo hizo en tres días, a la carrera, porque sentía que se ahogaba en esa gran ciudad. Aquella mañana de su partida todavía no tenía en claro la ruta de escape, pero no le fue difícil decidir avanzar en dirección contraria a la que lo regresaría a su tierra. Al sur, al sur, ese llamado resonó siempre en él. Al instante recordó un paisaje en uno de sus escapes de fin de semana. Dejó las llaves de su habitación, tomó un taxi y llegó a la estación de buses. Aquel paisaje le había encantado por estar lleno de viñedos. Las uvas y el vino siempre le habían atraído de una manera inexplicable. Esa mañana, ese recuerdo definió su rumbo y no lo pensó más.

Pueblo Nuevo era un pueblito pintoresco. Sus pocas calles se formaban alrededor de la clásica placita central, con su tradicional iglesia y aquel campanario dominando las alturas. Su antigüedad se veía en el adoquinado de las calles. Un típico pueblo hispano. Y en la placita encontró todo lo que buscaba: una posada que exhibía en una pizarra lo mejor de su cocina. Ahí se alojó. Luego de un baño recuperador, bajó a almorzar. Por la ventana en arco contempló la vida de aquel lugar. El viento meciendo con suavidad las ramas de los árboles. Madres conversando en las bancas mientras sus hijos corrían por las veredas. Un par de autos estacionados. Un tractor cruzando la escena de lado a lado. Al fondo, un largo cartel que revelaba lo que se hacía debajo de él: "Ferretería Don Lázaro".

Terminó de almorzar dando un último sorbo a la copa de vino. El salmón estuvo realmente delicioso. Seguramente la caminata también contribuyó a incrementar la satisfacción. La posada era atendida por una pareja muy simpática de esposos. Ambos estarían en sus cincuenta. Se acercó a la barra para pedir la cuenta. Don Carlos dejó de doblar servilletas para atenderlo. Doña Sofía salió de la cocina sonriente. ¿Todo bien? Le preguntaron en coro y se rieron de buena gana. Me comentaron que era raro que un visitante llegara un miércoles, solo y caminando. Normalmente llegaban el fin de semana, en familia o grupo. Me sorprendí preguntándoles si sabían de algún trabajo. Don Carlos me preguntó de inmediato, ¿qué sabes hacer?

Consiguió trabajo. Primero de recolector de uvas. Luego de chofer. Al año ya estaba en la bodega, encargado del almacén. Comenzó a estudiar enología en un programa a distancia. Se metió a vender insumos para el campo. Creó una empresa de drones agrícolas. Se enamoró y se casó. Compró tierras. Formó una familia. A los once años sacó su primera producción de vino. Era muy querido en toda la región porque siempre estaba disponible para ayudar a solucionar los problemas de los demás agricultores, aunque no fueran sus clientes.

También tuvo muchos problemas. Fracasó en varios proyectos y perdió dinero. Pero eso ya lo sabemos. Nada bueno surge sin resistencia. Sin embargo, una cosa era todo lo que le interesaba, pasara lo que pasara. Decidió que la prioridad siempre sería su familia y que su condición de esposo y padre no era delegable. La salud, la educación y la economía de cada miembro de su casa era su absoluta responsabilidad. Por eso, aprendió a preguntarse constantemente, ante cada iniciativa: Y esto, ¿cómo beneficia a mi familia?

Sabía que su vida era una oportunidad de tiempo y que era él quien debía acomodarse a las exigencias de la vida: al día y a la noche, a las lunas nuevas y a las lunas llenas, a las primaveras y a los otoños. Por lo mismo, sabía que tener consciencia constante de esta oportunidad era la diferencia entre la vida y la muerte. Así que organizó una serie de recursos para mantener esta memoria, una suerte de reloj que trajera la voz de la sabiduría en cada momento, un conjunto de textos escogidos y ancestrales que, como aquel esclavo romano, repitiera en el oído de cada miembro de la familia no "memento mori" (recuerda que vas a morir), sino, por el contrario, "memento vivere" (recuerda que estás vivo) por y para algo. Algo que da sentido y trascendencia a tu vida.

Ese algo es tu camino.