La escritura y el teatro
Hace treinta años leí un fragmento de Henri Breuil —un religioso, naturalista, arqueólogo, prehistoriador, geólogo y etnólogo francés—, citado en el primer volumen de la Historia Universal de Carl Grimberg, que me ayudó a percibir una faceta perdida del teatro. En ese tiempo estaba escribiendo lo que se convertiría en un texto de teoría y práctica teatral. El fragmento decía:
Según Henri Breuil, el arte figurado (en el paleolítico superior) "ha nacido de las representaciones dramáticas, en las que el actor imitaba al modelo con sus actitudes y completaba la semejanza en sus acciones con un maquillaje apropiado y una especie de mascarada mimética; la ilusión se aumentaba con el uso de las pieles y despojos de animales. Tales representaciones fueron sustituidas por elementos que las imitaban, y así la semejanza se convirtió de dramática en física. A partir de este momento, el hombre ha sido capaz de realizar el arte figurativo y la escultura en alto relieve; la imagen llegaba a ser independiente de su actor..."
Esta idea de un teatro primitivo, mimético, que buscaba representar y dominar la realidad, como primer paso hacia el arte figurativo, dibujó en mi mente una escena inolvidable: el momento en el que el teatro daba a luz la escritura.

Es que la ruta se hace nítida gracias a la explicación de Breuil: del personaje teatral a la pintura rupestre, de la pintura rupestre al jeroglífico, del jeroglífico al signo.

Así fue que me quedé impactado por el rol histórico del teatro. Los griegos lo entendieron y, aunque también lo usaron para el entretenimiento, decidieron darle un lugar preeminente en la vida política, no partidaria, sino cívica. El teatro y sus festivales anuales se convirtieron en espacio de la educación ciudadana.
Por eso, considero que donde hay buen teatro —teatro al servicio de la ciudad, de su identidad y desarrollo— el ciudadano aprende a escribir su propia historia y establece un sólido proceso civilizador.
Cuando las hordas bárbaras invadieron el imperio romano, los invasores pudieron hacer uso de la infraestructura del imperio, de sus caminos, acueductos y edificios, también pudieron ponerse túnicas y togas, pero nada de eso los hacia romanos, porque el proceso civilizador se da en el seno de la familia. Es esta educación íntima la leche materna que moldea nuestra infancia, produciendo nuestro profundo deseo de pertenencia y, por lo tanto, de subordinación al orden que lo hace posible. Por el contrario, los que invaden una civilización solo quieren dominarla y destruirla. Para ellos usar y destruir son sinónimos. Por eso no necesitan leer manuales, no necesitan entender, no necesitan aprender, solo quieren disfrutar el uso inmediato y descartar. Usan y destruyen y lo poco que construyen o son jaulas para sus presas o madrigueras para sus crías.
Si el proceso civilizador se da en el seno de la familia, son los padres que leen los que engendran hijos que leen. Si los padres escriben, los hijos escriben. Si los padres cultivan, conservan, estudian y hacen el bien, la ciudad se desarrollará con orden y belleza. Es la carencia de paternidad lo que crea personas salvajes, sin cultura, porque no tienen a quién imitar.
Cuando el orden desaparece y el caos impera, hay que volver a las fuentes y al teatro cívico que, como un padre, educa con el ejemplo —la fuerza de una escena— y guía con paciencia —el poder de la actuación—. Solo así moveremos el interior y lograremos que vuelva el amor por el bien, por el orden, por la excelencia, por la belleza. Y solo así volveremos a tener un mundo civilizado.
