Los últimos días de Amalai

Los últimos días de Amalai

Este artículo lo escribí en julio del 2011. El suelo fue vendido a principios del 2016, cinco años después, pero fue aquel año, 2011, el último de Amalai, porque aquel hermoso lugar, como el Jardín del Edén, no estaba atado al suelo. Amalai fue el refugio de almas solitarias en busca de un hogar, las que con lo que encontraban a la mano construyeron una familia. El texto tiene una fuerza inmensa en quienes vivimos aquellos días porque lo entendemos con el alma y el cuerpo.

Diez años después de aquel desarraigo necesario, aún seguimos con las raíces en el aire, pero en estas palabras aún se siente el eco de una profecía que hallará su cumplimiento cuando por fin aceptemos lo que fuimos, lo que somos y lo que siempre seremos: una auténtica familia para bien de las demás familias de la tierra. Amalai va con nosotros, dondequiera que estemos.

Fondo musical: «Glósóli» de Sigur Ros.


Quisiera poder escribir estas líneas con la más absoluta verdad. Escribir con pedazos de la realidad. Describir y explicar esa dimensión inmensa que se abre delante de mis ojos, esa esperanza que se yergue sobre el pesar, cuando todo parece tan inapropiado, como irse y volver, o quedar atrás y llegar.

Aflicción, tengo aflicción como un bajo continuo, como un sonido sordo cuando pienso en el adiós a Amalai. La despedida a todo lo vivido en esta comarca son aguas amargas y heladas, son aguas furiosas que arrastran historias inconclusas a lo profundo de un sueño que no va a despertar. Así la llamaron Max and Moritz: La Comarca. Inolvidable gesta. Aquí crecieron los medianos sin la plena conciencia de su propio milagro, sin percibir el cambio de arena a hierba. Como flores silvestres. Tal vez un día lo sepan. Los hijos de una semilla que sopló el viento en la suerte de un invierno tardío. Amalai, me resuena hondo, como las verdes lomas solitarias de nuestras estepas, como las sombras de altos muros que ya no detienen ni sostienen nada. Es que Amalai es una anacronía verde sobre gris, como su nombre, que ya nadie entiende. Por eso el adiós, para no convertirnos en sombras.

Voy recogiendo raíz por raíz, cuidando de no dañar esta plantita que aquí no puede crecer más. Es el árbol de la esperanza. Aún se oirá el golpe del martillo en el cincel allá en lo profundo del pozo, y el ruido de los pasos en la grava. Todavía entonará la mariposa su himno al viento del sur mientras eleven los tubos una melodía líquida para un estanque inmóvil. Porque los hechos que grabaron la historia de sus días serán eternos. Es el aire quien nos lleva sin tierra en las raíces—y cómo duele—hasta donde no sabemos. Es que aquí aprendimos a ser dóciles materias. Aquí, tantas veces Amalai fuimos tu agua y tu fuego. Y ahora que nos vamos, la pregunta es una herida abierta, ¿quién te dará de beber?, ¿Quién abrevará a los chiskos y a las cuculíes?, ¿dónde se bañaran los gorriones y los tordos?, ¿y quién encenderá la fogata y te dará calor tantas veces Amalai? Contigo quedan Kusia y Eis, y si ellas se quedan, ¿cómo es que nos vamos? Es el aire quien nos lleva.

El camino es una línea negra. Las maletas están hechas. Poco sitio hay para la ropa con tanto animalito que ha invadido como si un diluvio viniera. Y no hay forma de echarlos afuera. Todos irán, eso está decidido. Al menos ellos en representación de la naturaleza. Eso nos consuela porque cada uno lleva algo de nuestra tierra. Una herida, un vacío, un ojo menos, una sonrisa. Compraremos hilo por kilos, tiempo habrá de curarlos en el camino, de lavarlos y limpiarles las heridas. Tal vez sea más difícil conseguir los ojos, pero ellos con tenernos se contentan. Es frenético el movimiento. Van y vienen. Chotito ya apareció apenas supo la nueva. Rosa Fresa está por el momento desaparecida, pero es un hecho que llega, ya separó espacio en la maleta. Estamos emocionados. Acongojados. Sobrepasados de sentimientos. Pero sobre todo unidos. “¡Todos juntos!” grita la bisabuela, aunque ella se queda, pues seguirá buscando la máquina de coser que se llevó sus piernas. ¡No te quedes abuela! Le hemos dicho todos, pero ella es terca y sigue mirando por la ventana, esperando el tren del valle que le traiga la venia de su padre, el lecho de su madre, la máquina y sus piernas.

Al sur, ese fue el lema de siempre, y la súplica: “vámonos al sur”, pero no quiso. Ella lo reconoció mucho después y tuvo el valor de decírmelo: “debimos habernos ido al sur”. Sin embargo, en aquel tiempo solo era el sur. No se veía claro. Tuvimos que estar en el norte para entenderlo. Tuvimos que atragantarnos de norte hasta la parálisis para recordar que era al sur nuestro camino. Ahora que el aire nos lleva con las raíces sin tierra, ahora lo sospechamos pero todavía no lo sabemos. Nuestra tierra es la esperanza. Eso es todo lo que queda: un viaje en sueños por el aire. Eso es todo lo que llevan mis manos y las maletas.

Y cuando lleguemos, ¿habrá quien nos reconozca y salga a recibirnos? Disfrazados como estamos, esa es mi preocupación, pero asumo que de eso se encargará el mismo que se encarga de llevarnos. Porque como los sueños imposibles, este viaje es imposible de explicar, imposible de entender a cabalidad, como la página que falta cuando más la necesitamos. Mas, estemos donde estemos Amalai será Anatevka: la casa que dejamos a cambio de un camino, el lugar repleto de pedazos de nosotros mismos: un zapato, una taza, un baño limpio, una sala, dos ventanas, tres arcos, cuatro ficus, diez piedras, dieciocho molles, y además un “a quién le importa”. ¡A mí me importará!, y vaya donde vaya hasta aquí vendrá mi alma a mirarse sobre el mar de césped, a renacer una y mil veces, a elevar su canto, a rendirse de emoción ante lo trascendente del instante. Mi cuerpo en el sur y mi alma en el norte. Amalai, una estrella fugaz hecha de tierra, y mi alma hecha polvo.


Amalai es una palabra de origen moche que, según el diccionario de Salas, significa 'alma'. Amalai es un lugar que existió en las tierras de lo que fuera la gran metrópoli moche-chimo de An-Hian (la casa del sol), despectivamente llamada Chanchán por los incas. Estaba en el extremo norte de lo que fuera aquella imponente ciudad de barro, cerca del mar y relativamente cerca de An-Hiak (la casa del pez), el puerto comercial que los quechuas rebautizaron como Huanchaco.


Texto original en The Amalai Project:
https://amalaiblog.blogspot.com/2011/07/los-ultimos-dias-de-amalai.html