Mamá

Mamá
Mamá mirándose en 1958.

Nació a orillas del mar, cerca de la playa de los chungungos. Era 1936, un año difícil. La Segunda Guerra Mundial comenzaba a colocar sus fichas sobre el tablero. La Guerra Civil española encendía su hoguera. Los Juegos Olímpicos en Berlín anulaban el 4-2 del Perú sobre Austria. Los militares estaban de moda: Hitler rompiendo acuerdos en Renania, Lázaro Cárdenas estatizando México, y Oscar R. Benavides anulando las elecciones en el Perú. En ese anochecer mamá abrió sus hermosos ojos, marrones como caramelos, mirando todo con gran curiosidad.

Mamá sufrió la presencia ausente de su madre. Mi abuela nació cuando la suya fallecía. Una serie de eventos desafortunados rompieron sus almas en pedazos. Aún así, mamá descubrió a tientas el camino para ser madre. Fue la mejor madre con el fragmento más grande que tuvo, con el otro solo pudo ser como su madre. Y cuidó de ella hasta su último suspiro.

Se casó llena de ilusión, con un corazón atravesado por la ausencia de padre. No hubo brazo para llevarla al altar. Queriendo escapar de su terrible soledad, fue "como el que huye de un león y choca con un oso". Creyendo por fin hallar su casa, apenas entró, "se apoyó en la pared y le mordió la serpiente". Aún así, atrevida y valiente, se quedó. Cinco conejitos adornaron su jardín.

Mamá era muy alegre. Mamá era terrible. Siempre vivió entre el día lleno de luz y la más negra tormenta, cuando no estaba con latidos casi silenciosos y tan lentos que la obligaban a recostarse en su cama.

Mamá era asombrosa. Su pasión eran los bebitos. Adoptaba recién nacidos, despreciados, ridículos, casi muertos, sin peso, sin talla, sin madre ni padre. Los cuidaba con celo, los alimentaba con precisión, les hablaba como solo le habla una madre a sus hijos, conquistaba sus sonrisas y hasta carcajadas. Muchas veces los ponía sobre sus pechos macizos, tan italianos, tan maternos, y allí los hacía pasar las noches frías y húmedas. ¡Con qué pasión cumplía esa misión que ella misma se imponía! Cada niño era una lucha frontal contra la muerte. De esos brazos los arrancaba para devolverlos a la vida. Mamá fue el arcángel Miguel para esos niños. De lo que apenas tenía les daba sin medida, defendiéndolos incluso de los reproches de quienes nada entendían y le reclamaban que los devolviera a la muerte. No había ONG, ni iglesia, ni Estado. Como siempre, iba sola. Lo que recibía jamás cubría la inmensa cuota que ella ponía. Pero no le importaba. En eso, papá la acompañaba. En eso estaban juntos, sin dudas ni reproches. En eso eran luz brillando en las tinieblas. Pero, la adopción era temporal. Papá se encargaba de buscar el hogar que los acogiera finalmente. Esos padres venían de lejos, como josés y marías extranjeros, buscando su niño-jesús. Con qué alegría lo encontraban, con cuántas lágrimas lo recogían, mientras mamá los miraba, escrutando silenciosa para dar su visto bueno. Con qué dolor los entregaba, como pariendo. Luego venía el vacío que duraba tiempo. Así era mamá.

Mamá era creativa. Su economía era pobre, pero su casa, aunque fuera de esteras, era bella, acogedora, limpia, fresca. Será que creció al pie de un volcán coronado de nieve. Acostumbrada a sismos, lluvias torrenciales, huaycos y golpes. Cualquier lugar era bueno para convertirlo en un hogar. Aunque la cama fuera de paja, igual tendía sus sábanas inmaculadas. Cosía nuestra ropa. Cortaba nuestro pelo. Heredó de su madre la habilidad de la costura. Se hacía sus propios vestidos. Nunca pasamos frío. Sus guisos eran memorables, sus sopas reconfortantes, sus tallarines rojos inolvidables. Vivía para su casa, para sus hijos que crecieron demasiado rápido y la abandonaron tan pronto. Mamá tejía chompas y bufandas, ropita para bebés, botitas de lana. Solo paraba cuando su gran corazón andaba lento.

Mamá era sensible. Se hacía querer. Sabía escuchar. Era la consejera preferida de los jóvenes, la buscaban, la oían. Mamá tocaba el piano, aunque más por deber, porque muy temprano le quitaron el querer. Como no tenía piano en casa, practicaba en el de su escuela, el Colegio Internacional de la calle La Merced 411. En sus teclas se refugiaba después de clases. De qué tamaño sería su dolor que perdía la noción del tiempo al oír las melodías que salían de sus manitos. De qué tamaño sería su pasión que se quedaba en su refugio hasta que llegaba su hermano menor a buscarla, cuando ya había anochecido. Asustada salía de su paraíso, corriendo para entrar en aquel infierno. Así le quitaron el querer. ¿Cuántas veces, en pleno servicio religioso, siendo ya madre y tocando por deber, caíste encima del teclado, desmayada? Mi mente infantil recuerda el número, yo lo he olvidado. Ella no halló la forma de separar el piano de la paliza.

Mamá caía siete veces y siete veces se volvía a levantar. Yo adoraba ese fragmento hermoso, sano, radiante y risueño que surgía entre sus escombros. Esa facilidad para reír y hacer reír. Esa complicidad graciosa que nos regalaba. Y esa defensa cerrada que nos salvó varias veces de palizas paternas. Aún puedo verla, en la puerta de nuestro cuarto, sin duda era el arcángel Miguel, impidiendo el ingreso del dolor.

Hoy, ella ya no camina, solo mira. Cuando está nerviosa cuenta hasta cien, pero ya no recuerda los números. Aunque el diagnóstico es Alzheimer y demencia senil, su memoria aún tiene calles intactas y por ellas paseamos, recordando la vida juntos y las historias que yo conozco de su infancia. Cuando pongo música clásica la escucha con atención y sus dedos se mueven buscando las teclas del piano.

Este año cumplió 90 años. Yo ahora la admiro más que nunca. Creo que fue mi mejor maestra. Por mucho tiempo solo vi sus defectos, solo sentí su enfermedad, que afectó seriamente nuestra vida familiar, sin duda. Pero no valoré el esfuerzo de esta viuda pobre, el tamaño de su entrega, que estaba en relación con lo que guardaba para sí misma: nada. Sus dos baúles solo guardan recuerdos.

Siempre fue capaz de ver más allá de lo evidente. Yo que soy su hijo, nunca pude ver todo lo que ella veía. Sus fuerzas han disminuido visiblemente, pasa más tiempo en su cama, pero su mirada aún es firme, se sostiene, como viendo al Invisible, con sus hermosos ojos marrones como caramelos.